A los hechos denunciados constantemente por los habitantes de este sector sobre la actividad nocturna: ruido, desórdenes, congestión, dificultades de movilidad y situaciones que afectan la tranquilidad de quienes viven allí, ahora se suma otro fenómeno que contribuye al deterioro del espacio público: la ocupación desordenada de andenes y vías por vendedores informales.
El problema no es el vendedor ambulante. El problema es la ausencia de autoridad y orden.
No se puede pretender resolver la informalidad simplemente expulsando a quienes encuentran en ella su sustento, pero tampoco se puede aceptar que, en nombre del derecho al trabajo, los andenes terminen convertidos en corredores comerciales improvisados y las vías destinadas a los vehículos sean ocupadas hasta el punto de hacer difícil transitar con seguridad.
En Cabecera, esta situación se percibe cada vez con mayor frecuencia. Hay lugares en los que el peatón tiene que bajar del andén, caminar entre vehículos o esquivar puestos de venta para poder avanzar. Y cuando termina la jornada, quedan residuos, empaques, restos de alimentos y basura. Bucaramanga ya no es bonita.
No hay que escoger entre los vendedores informales y los residentes; la administración debe garantizar un equilibrio entre ellos.
Recientemente se ha informado sobre ciertas acciones de control, actas de compromiso y comparendos cuando existe incumplimiento reiterado. Sin embargo, las denuncias de la comunidad en Cabecera continúan y apuntan precisamente a la necesidad de una presencia más efectiva y permanente.

No basta con hacer operativos esporádicos. Si después de cada operativo los vendedores regresan al mismo lugar, entonces no estamos frente a una solución, sino frente a un ciclo interminable de ocupación, desalojo y nueva ocupación.
La respuesta tampoco puede ser exclusivamente policiva. La informalidad requiere una política social, económica y de reubicación que permita que quienes dependen de estas actividades puedan trabajar dignamente. Pero esa política debe ser compatible con el derecho de los demás ciudadanos a disfrutar del espacio público.
Cabecera no puede convertirse en tierra de nadie. El desarrollo comercial y gastronómico del sector puede coexistir con el derecho de los residentes a la tranquilidad. La venta informal puede coexistir con el derecho al trabajo, siempre que exista regulación. Y la actividad nocturna puede coexistir con la convivencia, siempre que haya controles efectivos.
Lo que no puede coexistir es el abandono institucional con el deterioro progresivo del espacio público.
Por eso la Administración Municipal debería explicar qué está haciendo hoy en Cabecera, cuáles son los puntos críticos identificados, cuántos controles se han realizado, qué resultados han producido, qué alternativas de reubicación existen y, sobre todo, cuál es el cronograma para recuperar de manera efectiva los espacios que hoy están siendo ocupados irregularmente. Se necesita una solución inmediata y permanente.










