Colombia entera está de luto. El terremoto que sacudió el occidente del país el pasado 10 de agosto ha dejado una tragedia humana de dimensiones enormes. Más de trescientas personas fallecidas, 5.000 heridos y decenas de desaparecidos. Las pérdidas económicas se estiman, inicialmente, en alrededor de 30 billones de pesos.
Detrás de esas cifras frías hay familias y hogares destruidos, así como sueños truncados. Por eso, el principal objetivo al que nos hemos enfrentado los colombianos ha sido el de salvar vidas, rescatar sobrevivientes, atender a los heridos y garantizar techo, alimentación y seguridad a quienes lo perdieron todo.
Sin embargo, una vez superemos la emergencia, comenzaremos otra titánica tarea: reconstruir las regiones devastadas.
Este es el monumental reto que, al día siguiente de haber asumido su mandato, le tocó afrontar al nuevo gobierno.
No obstante —y paradójicamente—, también podría llegar a ser una oportunidad para unir y reconciliar a nuestra amada y fracturada Patria.
El país lleva muchos años dividido por la polarización política, el odio y el resentimiento. Hoy tenemos la posibilidad de demostrar que, frente a una tragedia de esta magnitud, somos capaces de encontrarnos y unirnos alrededor de algo mucho más importante: Colombia y su gente.

El sector privado ya ha dado una extraordinaria muestra de solidaridad. La inmensa mayoría nos hemos movilizado de todas las formas posibles para apoyar a nuestros compatriotas. Empresarios, gremios y ciudadanos hemos aportado todas nuestras capacidades al servicio de los damnificados. La solidaridad del sector privado se ha traducido en aportes que, en pocos días, se aproximan ya a los dos billones de pesos, mientras diferentes organizaciones privadas continúan movilizando recursos para la reconstrucción.
No hay cabida para la mezquindad, la envidia y el resentimiento. Ahora nos corresponde trabajar juntos. Gobierno nacional, gobiernos locales, Congreso, partidos políticos, empresarios, organizaciones sociales, sindicatos, comunidad internacional y ciudadanos en general debemos unir fuerzas. Sin exclusiones, sin protagonismos y sin utilizar la tragedia con fines políticos.
Esta no es la primera vez que Colombia vive desgracias semejantes. Nos ha tocado antes. Y tenemos, además, precedentes extraordinarios de cómo afrontarlas: el FOREC (Fondo para La Reconstrucción del Eje Cafetero), creado después del terremoto de 1999, fue una iniciativa que, bajo el liderazgo de Luis Carlos Villegas, logró articular recursos públicos y privados y ejecutar la reconstrucción con agilidad, autonomía, transparencia y participación ciudadana.
El Gobierno debe entender la necesidad de trabajar de la mano con el sector privado y podría emular el ejemplo del FOREC como forma de colaboración y acción efectiva. Habría que, desde luego, encontrar a un colombiano con el perfil, la capacidad y la autoridad moral de Villegas dispuesto a asumir la dirección de semejante tarea.
La catástrofe fue fortuita; sin embargo, podemos decidir cómo afrontarla.
Más allá de limitarnos a la reconstrucción física, tenemos también la oportunidad de reconstruir la confianza entre los colombianos.
Es el momento de demostrar que somos capaces de hacerlo.










