María se moviliza en su vehículo, un sábado de septiembre, sin percatarse de que, entre la congestión bumanguesa, tan normalizada que la sufre con resignación, se ve de repente atrapada en un trancón que, por ningún lado, se desenreda. Toma su teléfono móvil y envía una nota de voz a su esposo, preguntándole si conoce algún detalle sobre el tráfico que ella no previera, y la respuesta le produce entre risa y rabia: “Claro, la 27 está cerrada por la Feria”, escucha, y ella, con la voz en tono santandereano, le replica: “¡¿Cuál feria?!”
La sorprendida María puede ser usted, un hermano, una tía, el sobrino, la hija, en fin, este personaje que me sirve para ilustrar el preámbulo de esta columna es uno de los miles de ciudadanos que, cada año por esta época, se entera de sopetón de que la ciudad está de fiesta, que en cada septiembre se programan decenas de actividades que configuran lo que, para unos suena bien, para otros no tanto, se ha denominado, por esta y otras administraciones, como la Feria Bonita de Colombia.
Nuestro pasado indica que Bucaramanga no tiene una feria con el arraigo suficiente que nos identifique, a todos los lugareños, con unas festividades representativas sobre, por ejemplo, nuestro origen. Tampoco obedecen a fiestas patronales, heredadas del influjo católico en tantos pueblos a donde llegaron con su doctrina; no lo son alrededor de alguna manifestación cultural, como pueden ser una danza, el canto o la interpretación de un instrumento musical. Es, más bien, una sumatoria de actividades que, en principio, cumplían propósitos comerciales de exhibiciones agrícolas y ganaderas, a las que les fueron sumando corridas de toros, reinados de belleza, cabalgatas, conciertos masivos y cuanta cosa sirviera para propiciar un espacio para la diversión, así fuese por apenas pocos días, con las consecuencias que ya sabemos que trae el exceso de alegría.
Si obedecemos al editorial de este periódico el pasado jueves, uno diría que todo marchó bien, para beneficio del comercio local y, claro, para las cuentas que suman actos de desorden que, desafortunadamente, terminan en tragedia, que esta vez fueron menos, pero sería quedarnos en una mirada simplista porque, hay que decirlo, la autodenominada Feria Bonita de Colombia —nombre pretencioso— es un conjunto de retazos que deja mucho, muchísimo qué desear y que nos devuelve a esa costumbre tan local, dicho por los propios nativos de esta región, de pensar siempre en pequeño.
No son las cumbias, las técnicas falleras, tampoco los conciertos cristianos disfrazados de actividades ‘familiares’, mucho menos los intentos de ‘marca región’, que se han ido por el excusado; es que a muchos nos pasa como a María cuando llegamos a esta temporada: ¿cuál feria?












