Publicado por: Samuel Chalela
“Con la mano así, perpendicular al piso, se señala la estatura de las personas y con la mano paralela al piso, la palma hacia el suelo, se indica la altura de los animales”, decimos para enseñarle a los niños a mostrar bien la talla de la gente y la de las bestias. ¿Por qué?, no conozco a nadie que lo sepa; un simple uso social inexplicable, sin fundamento siquiera en la estética, a diferencia de otros como no hablar con la boca llena que se explica por sí solo ante el grotesco espectáculo de un trozo de carne deshaciéndose entre las fauces de un paisano. Con cosas así, dogmáticas y sin fundamento, es que empieza a morir en los infantes el pensamiento crítico, para luego quedar sepultado irremediablemente en el adulto que, sentado tras un escritorio de oficina pública, se niega a cambiar el absurdo trámite sólo porque “así se ha hecho siempre”.
Por supuesto, es terreno abonado un mundo lleno de verdades incuestionables en temas incómodos (como el sexo, la espiritualidad, el sistema social, etc.) cuyo origen –el de las tales verdades infalibles- se le endosa calumniosamente a dios, al “orden natural” o a los “principios”. Qué se iba a meter dios en tanta vaina, como la forma “correcta” en que cada individuo se proporciona placer erótico; y qué carajo tiene que ver lo natural con un orden –¿cómo es: algo es natural porque le parece a alguien “ordenado”? o más bien ¿es ordenado porque surge naturalmente?-. Y aunque la ciencia ha ido acorralando a la brujería, la superstición y a la ridícula idea de un dios con brazos y piernas que decide asuntos mundanos, hay todavía tópicos en los que se prohíbe pensar, cuestionar o innovar; su administración está reservada a alguna deidad, a la costumbre, a los principios. Al menos ya no pensamos que los truenos son gritos de furia divina. Es cómodo no pensar y solo limitarse a seguir un protocolo o patrón predefinido.
Y así, inmóviles, apegados al libreto, llegan a la universidad, a la lectura de los titulares de prensa, a la vida. El modelo educativo parece propiciar la cultura de la no originalidad (“cut and paste”), como si ya todo estuviera dicho y nada debiera avanzar o transformarse; no necesitan cuestionarse. Ese es el problema formativo actual, el modelo del “porque ajá…”.










