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Domingo 04 de enero de 2026 - 01:00 AM

Transición

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Venezuela ha llegado a un punto de no retorno. Después de años de deterioro institucional, empobrecimiento y exilio forzado, el país enfrenta ahora el desafío más complejo y, a la vez, más esperanzador de su historia reciente. No se trata solo del fin de un régimen, sino del inicio de una transición que debe ser profunda, ordenada y responsable si se quiere evitar que el colapso deje heridas aún más difíciles de cerrar.

El primer paso es claro y no admite ambigüedades. La posesión de Edmundo González como presidente legítimo y comandante de las fuerzas militares es indispensable para restablecer el orden constitucional. La legitimidad no es un formalismo jurídico, es la base sobre la cual se reconstruye la autoridad del Estado y se devuelve al ciudadano la confianza. Sin esto, cualquier intento de reconstrucción será frágil.

El segundo reto es igual de complejo. La depuración de los altos mandos militares y políticos que hicieron parte del régimen de Nicolás Maduro. No se trata de una cacería de brujas ni de revancha, sino de una decisión necesaria para separar a quienes utilizaron el poder para oprimir, perseguir y saquear al país. Ninguna transición puede consolidarse si las estructuras responsables del colapso permanecen intactas.

La restauración de las relaciones internacionales es otro pilar fundamental. Venezuela necesita volver a integrarse al sistema democrático global y normalizar su relación con organismos multilaterales. Sin ese respaldo, será imposible acceder a cooperación, financiamiento y apoyo técnico para la recuperación económica y social. El aislamiento fue uno de los grandes errores del régimen y sus consecuencias están a la vista.

Pero quizás el desafío más importante de todos sea el proceso de reconciliación. Venezuela no podrá levantarse si no logra sanar las profundas fracturas que dejó el autoritarismo. Recuperar la confianza en las instituciones implica garantizar justicia, verdad y reparación, pero también tender puentes que permitan la convivencia y el reencuentro. Solo así será posible repatriar a millones de venezolanos que hoy viven en el exilio, atraer inversión privada y reactivar la capacidad productiva del país.

La transición no será rápida ni sencilla. Exigirá liderazgo y templanza. Pero también representa una oportunidad única para sentar las bases de un país distinto, donde la libertad, la institucionalidad y el trabajo vuelvan a ser el centro del proyecto nacional.

Esta reflexión no es ajena a Colombia. Aún estamos a tiempo de hacer una transición menos dolorosa, en la que prevalezca el respeto por las instituciones, el fortalecimiento de las relaciones con nuestros aliados internacionales, la lucha decidida contra el narcotráfico y el desarrollo de nuestras capacidades productivas. Venezuela nos recuerda el costo de ignorar las señales. Colombia todavía puede elegir un camino distinto.

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