Hace varios días llegó a mis manos un artículo que me llamó la atención sobre el futbolista español Marc Cucurella, en el que se referían a la situación familiar del lateral izquierdo, quien acaba de firmar contrato con el Real Madrid luego de un paso exitoso por el Chelsea de Inglaterra. Con este onceno del distrito de Fulham ganó la Liga Conferencia de la UEFA y el Campeonato Mundial de Clubes en los Estados Unidos. Como si fuera poco, él y sus compañeros han ganado sin discusión la Copa Mundial de la FIFA, luego de darle un baile a los argentinos, y Marc fue una de las figuras destacadas en el Mundial gracias a sus descolgadas por el costado izquierdo y a sus incursiones en territorio rival. Sube y apoya el ataque; baja y marca con una facilidad que impresiona, ¡como quien va de la sala al comedor!
La lectura me condujo por los rincones familiares más íntimos de la pareja conformada por el melenudo jugador catalán y por Claudia Rodríguez, su esposa. Marc terminó confesando a los periodistas de BBC News Mundo que uno de sus tres hijos, cuyo nombre es Mateo, fue diagnosticado hace un tiempo con trastorno del espectro autista (TEA), nivel 1, desde cuando tenía tres años, y que para ellos fue un golpe muy duro. Dejaban al niño en el colegio y se iban llorando a casa. Ellos manifestaron que no recibieron apoyo por parte del centro escolar en donde estudiaba su hijo. Aunque hablar del tema resulta doloroso para el exjugador del Barcelona, ‘Cucu’ soltó los nudos de su garganta y les dijo a los reporteros ingleses: “Cuando el niño va creciendo, ves que no habla, que no parlotea mucho; encuentras que esa etapa fue probablemente la más dura. Yo creo que ver a tu hijo sufrir es de las cosas más duras que hay. A veces no sé cómo ayudarle”.
El domingo 14 de junio del año en curso, un grupo de periodistas, encabezados por Fernando Cotes, Javier Mantilla, Fabián Pabón y Arley Durán, llegamos hasta las Pirámides de Teotihuacán, una zona arqueológica de visita obligatoria para quienes viajamos a territorio mexicano. Ingresamos y, luego del recorrido de más o menos hora y media por las pirámides del Sol, la Luna y la Calzada de los Muertos, me adelanté para ir a buscar unos refrescos en uno de los quioscos que están dentro del complejo piramidal. Le brindé una Coca-Cola al joven Arley; nos sentamos debajo de un árbol frondoso mientras nos protegíamos del ardiente sol del mediodía; de un momento a otro, Arley me preguntó por mis hijos. Le devolví la pregunta y su rostro se transformó; arrancó como un lateral derecho y, de una, soltó el centro al corazón del área paternal. Comenzó a hablar de Nicolás, su hijo, quien, al igual que Mateo Cucurella, fue diagnosticado con autismo. Es más, me dijo que quien detectó que algo estaba sucediendo con el mayor de los hijos de Arley y Paola fue doña Adela, ¡su mamá! El instinto de las abuelas, que todo lo saben y presienten. Después de las preguntas a Dios y a los médicos, Paola y Arley aceptaron con valentía el reto; ahora que leo la entrevista que le hicieron a Cucurella, encuentro respuestas similares a lo que me dijo Arley en Teotihuacán: “Nos cambió la vida para bien. Nosotros no estábamos preparados para nada, Pipe; con Nico hemos ido aprendiendo todos. Hasta Junior y Valentina, mis otros hijos, han ayudado mucho en el proceso”. En medio del calor, se me congeló el corazón y, luego de leer el artículo de BBC News Mundo, me di cuenta de que los padres somos iguales: ¡damos la vida por nuestros hijos! Arley y Cucurella no tienen similitudes en su pinta, ni en el cabello, ¡mucho menos en la forma de jugar! Arley transmite partidos de fútbol; Marc juega al fútbol. Nicolás y Mateo son almas gemelas; como muchos niños en similares condiciones, merecen amor y atención de una sociedad que a veces mira para otro lado.











