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Luis Ernesto Ruíz
Miércoles 11 de febrero de 2026 - 06:55 AM

Ahora la consigna es votar

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Uno de los acontecimientos más importantes que vivirá Colombia en los próximos meses serán las elecciones, que comenzarán a partir de agosto, para elegir a los nuevos parlamentarios del orden nacional y departamental, cita decisiva para recuperar el rumbo del país, pero que, una vez más, corre el riesgo de verse empañada por un viejo problema: la indiferencia ciudadana.

Históricamente hemos caído en la indolencia política. Lo más elemental de una democracia es la participación. Esa especie de pereza cívica, disfrazada de desencanto o desconfianza, termina teniendo consecuencias profundas. La abstención no es un gesto inocente: es una renuncia silenciosa que deja el terreno libre para que otros decidan.

Como resultado, el tamiz democrático se vuelve tan amplio y permisivo que personajes cuestionables, sin preparación ni compromiso con lo público, logran colarse con facilidad. Muchos llegan al poder no para legislar en favor del interés general, sino para servirse del Estado, responder a maquinarias políticas o proteger agendas personales que poco o nada tienen que ver con las necesidades reales del país.

En ese sentido, la responsabilidad no recae únicamente en quienes resultan elegidos, sino también en una ciudadanía que, por acción u omisión, permite que el sistema se degrade. La democracia exige algo más que quejas posteriores: exige presencia, criterio y memoria en el momento de votar.

En marzo, además, los ciudadanos serán convocados a consultas internas para expresar sus preferencias sobre algunos aspirantes presidenciales. Este mecanismo, que en teoría busca fortalecer la democracia interna de los partidos, abre también un debate incómodo pero recurrente: ¿hasta qué punto es legítimo que los electores participen en consultas ajenas para influir estratégicamente en el resultado político?

No son pocos los que se preguntan si resulta más oportuno intervenir en las consultas de la izquierda para impulsar a determinados candidatos, con el objetivo de que, más adelante, las propias divisiones internas terminen debilitándolos. Un ejemplo que suele mencionarse en conversaciones políticas es el de Roy Barrera, un político cuya trayectoria ha estado marcada por su paso por múltiples partidos y movimientos, de los cuales —según sus críticos— ha sabido extraer ventajas y posicionamiento. Su notorio apetito de poder, así como su capacidad de adaptación ideológica, lo han convertido en una figura polémica: para unos, un estratega hábil; para otros, el símbolo del oportunismo político que tanto daño ha hecho a la credibilidad institucional. Existen muchos “Roy’s” enquistados en el parlamento, agazapados, esperando esos mismos jugos del poder. El riesgo es claro cuando la política se reduce a la astucia y no a las ideas del bien común.

Tanto hemos sufrido en el mandato de Petro, que tenemos que salir del letargo para encontrar la ruta sólida que debemos recorrer para recuperar el país. Son unos días de responsabilidad y solidaridad con los mejores; acuérdense: Las oportunidades no vuelven.

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