El consultor, columnista, catedrático y podcaster Víctor Solano Franco recorre, desde sus recuerdos de infancia y su mirada sobre el territorio, ese patrimonio de El Socorro que va mucho más allá de sus fachadas: la memoria, gastronomía, música, paisajes y los personajes que han ayudado a construir la identidad de un municipio fundamental en la historia de Colombia.

Por Víctor Solano Franco, especial para Magazín Cultural
Un Jueves o Viernes Santo de mi infancia socorrana, el cielo se rompió en uno de esos aguaceros que en Santander no sorprenden a nadie. Pero al día siguiente, como si se tratara de una epifanía, apareció el sol. Era entonces cuando las reinas de los hormigueros, portadoras en su memoria genética de la misión de aparearse, abandonaban el lodo húmedo y frío para secar sus alas y emprender el vuelo nupcial. Cientos de familias campesinas aguardaban ese momento para hacerse con el botín.
Horas después, ya sin alas, picos ni patas, las hormigas eran lavadas en tibia aguasal y dispuestas sobre los tiestos de barro, donde se tostaban en sus propias grasas. A esa misma hora, no solo en El Socorro, sino también en Barichara, Palmas del Socorro, Simacota o Villanueva, los cielos comenzaban a perfumarse con ese aroma inconfundible que se mezclaba con las doradas tardes de arreboles. El ocre no solo se veía: también se olía.

Muchos años después comprendí que aquella escena también era patrimonio. No tenía fachada, placa conmemorativa ni decreto que la protegiera. Vivía en la memoria de las familias que sabían leer la lluvia, esperar el vuelo y reconocer, entre el barro y los arreboles, el momento exacto de encender los tiestos.
Cuando se habla de patrimonio, sin embargo, la imaginación suele detenerse en las fachadas. Pensamos en iglesias centenarias, balcones coloniales, plazas empedradas o casonas republicanas. Todo eso, desde luego, hace parte del patrimonio. Pero una sociedad que se limita a cuidar sus paredes corre el riesgo de olvidar las historias que las sostienen y les dan sentido.

Porque el patrimonio es arquitectura, sí, pero también vive en las ideas, la música, la memoria, los paisajes, las gestas cívicas y los personajes que, con sus obras y sus vidas, han moldeado el carácter de un pueblo.
El Socorro es una prueba contundente de ello. Su centro histórico, declarado Monumento Nacional en 1963 y reconocido hoy como Bien de Interés Cultural del ámbito nacional, constituye uno de los conjuntos urbanos más importantes del país. Sin embargo, reducir el patrimonio socorrano a sus edificaciones sería desconocer que buena parte de la historia de Colombia comenzó a escribirse en esas mismas calles.
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Fue aquí donde, en 1781, Manuela Beltrán rompió el edicto de nuevos impuestos y la inconformidad popular dio origen a la Insurrección de los Comuneros, uno de los grandes antecedentes de la emancipación neogranadina. También aquí, el 10 de julio de 1810, la población depuso a las autoridades españolas y estableció su propia Junta de Gobierno, diez días antes del célebre episodio del florero de Llorente en Santa Fe de Bogotá.

Y aquí también, el 15 de agosto de ese mismo año, nació la Constitución del Estado Libre del Socorro, un documento de apenas diecisiete artículos que numerosos historiadores consideran el primer texto constitucional promulgado en la Nueva Granada y uno de los principales cimientos del constitucionalismo colombiano.
Pocas ciudades pueden afirmar que ayudaron a construir simultáneamente la libertad y las instituciones de un país.
La historia continuó escribiéndose en esa misma plaza donde, el 28 de julio de 1819, fue fusilada Antonia Santos por apoyar la causa libertadora. Hoy su memoria permanece inmortalizada en la extraordinaria escultura del también socorrano Óscar Rodríguez Naranjo, a quien sus admiradores llegaron a llamar “el Velázquez sudamericano” y quien fue, además, autor del imponente monumento dedicado a José Antonio Galán. No son simples esculturas. Son recordatorios permanentes de que la rebeldía también puede convertirse en patrimonio.

Durante buena parte del siglo XIX, entre 1861 y 1886, Socorro fue además la capital del Estado Soberano de Santander. La pérdida de esa condición estuvo atravesada por la reorganización centralista del país y por profundas disputas políticas, en una época en la que el nuevo orden conservador veía con recelo el espíritu liberal y contestatario que caracterizaba a la ciudad. Incluso esa controversia hace parte de su legado histórico.
Pero el patrimonio también se escucha. Vive en las composiciones de José A. Morales y Miguel Durán López, quienes transformaron el paisaje santandereano en bambucos y pasillos, y la nostalgia en versos con aroma a trapiche. Es una herencia que no se ha quedado quieta. Hoy, agrupaciones como Andino exploran nuevas sonoridades para reinterpretar esa identidad y acercarla a otros públicos.
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También habita en el emprendimiento de quienes contribuyeron a transformar la economía nacional. Los hermanos Leo y Emil Kopp dieron en El Socorro algunos de sus primeros pasos comerciales antes de trasladarse a Bogotá, donde Leo participaría en la empresa que dio origen a lo que hoy conocemos como Bavaria.

El patrimonio, además, puede saborearse. Está en aquellas hormigas culonas que cada Semana Santa regresan del barro a la memoria y a los tiestos, un gusto adquirido que comprendo que no conquiste todos los paladares; está en el combinado de la plaza de mercado, con su mezcla de jugo de guanábana, salpicón, leche condensada, granola y helado; está en la sopa de mute, la carne oreada y esos tamales perfectamente cúbicos que parecen hechos también a imagen de nuestra particular manera de entender el mundo. Esa gastronomía no es un accesorio turístico: es memoria viva.
Y el patrimonio también se contempla en el horizonte. Los atardeceres sobre el Cerro de los Cobardes, ese brazo de la Serranía de los Yariguíes que unas veces arde en tonos fucsia y otras se apaga entre ocres dorados, forman parte del paisaje afectivo de generaciones enteras de socorranos.
El paisaje santandereano ha sido también materia de arte. La maestra Beatriz González inmortalizó el Cañón del Chicamocha en el telón de boca del Teatro Santander. El arte no le concede valor al paisaje: lo reconoce, lo interpreta y lo devuelve a la comunidad convertido en memoria.
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Precisamente por eso resulta tan preocupante que el patrimonio arquitectónico haya sido víctima, durante años, de decisiones que confundieron desarrollo con demolición. Algunas administraciones otorgaron lo que parecían más “licencias de destrucción” que licencias de construcción. En pleno centro histórico desaparecieron casonas centenarias para dar paso a edificios de varios pisos cuya arquitectura ignora el contexto urbano y rompe la armonía de un paisaje que durante siglos estuvo definido por un inconfundible mar de tejados de barro, uno de los principales atributos que le permitieron a Socorro integrar la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia.

Una ciudad histórica no puede impedir toda transformación. Sería absurdo pretender congelarla en el tiempo. Pero sí tiene la obligación de hacer compatible el crecimiento con la conservación. El patrimonio no es un obstáculo para el desarrollo; es una ventaja competitiva. Las ciudades que mejor protegen su identidad son también las que logran diferenciarse en un mundo cada vez más uniforme.
Quizá el mayor desafío de El Socorro no sea solo restaurar sus edificios, sino volver a mirar con atención todo lo que representan. El patrimonio no es únicamente lo que recibimos de nuestros antepasados; también es lo que elegimos cuidar y dejarles a quienes vendrán después.

















